La flia está de festejo. Y no es para menos. Mi hermano, mi hermanito, ese pequeño que gustaba de correr por la playa en pitulín procurando que mamá enojada no lo alcanzara, se acaba de recibir con honores de ingeniero industrial, a sus recién cumplidos 24 años.
Mi viejo dice que también está orgulloso de mi... porque soy “una buena chica”.
Una buena chica... tres palabras que vienen a estrolarse en mi cabeza y me arrebatan de un manotazo el presente de un pasado que fue mio, y a puro esfuerzo... el de la Chica 10, abanderada durante la primaria y la secundaria, destacada en idiomas, proactiva, responsable, rodeada de amigos.
Pasó todo tan rápido. Una mudanza a la capital del país, un futuro soñado, una vida académica “normal” que supe delinear de manera impecable -como era de esperarse- a lo largo de 5 años. Esto no tenía que pasar, no estaba en los planes, no a mi. Una crisis en el tramo final del camino que se fue profundizando y ahora de repente soy sólo eso, “una buena chica”. Mi identidad diluida en cuatro asignaturas fantasma que me separan de ese título con mayúsculas, concepto que ellos tanto anhelan y que de a poco van dejando ir, a medida que entienden que quizás nunca sea.
31 materias en universidad estatal. Promedio 9. Una buena chica.
Cool.
Yo admiro a mi hombre. Podría escribir una lista con todas las cualidades que me enamoran y que -ante mis ojos- lo hacen único, así casi sin pensarlo y de corrido. Él también me admira... porque soy “buena”.
A veces pienso que, al reparto de cualidades, llegué tarde.