Durante mucho tiempo viví convencida de que el pequeño monstruo había venido a arruinarme la existencia: cuando lo ví por primera vez, tomando la teta de MI mamá, cuando impregnaba con su "olor de baba" todo lo que tocaba, cuando me robaba las carteras de Hello Kitty para pasearse haciéndose el "muy potante", cuando me copiaba hasta el color de los globos a pesar de que yo le insistía con que rosado era de nena.
Hasta que un día entendí que ya no era hija única, que éramos dos tirando para un mismo lado, y empecé a quererlo.
Era una madrugada lluviosa y fría. Me desperté con la sorpresa de que estábamos sólos en casa.
- Vamos. Mamá y papá nos abandonaron-, le dije en tono de heroína de telenovela venezolana.
Mi hermanito me miraba perplejo, succionando a la par su adorado chupete. Lo envolví en una frazada y salimos a llamar a la puerta de la vecina.
Finalmente, mamá y papá volvieron, y mi fama de drama queen quedó fijada a la temprana edad de 4 años. Pero yo había protegido a mi hermano.
Dentro de la relación fraternal que nos une y que se fue modificando al compás de los años, de un tiempo a esta parte nos convertimos en compañeros "urbanos". Es de las pocas personas que conozco con quien tengo gustos musicales afines y, además, nos interesan el mismo tipo de salidas: recitales, bares con música en vivo, fiestas no-multitudinarias. Entonces cuando se acerca el fin de semana y mis amigas planifican la noche en torno a esos espacios impersonales que tan poco me copan y las ganas de menearme al lado de metrosexuales de remera ajustada que están bronceados desde agosto escasean, yo ya sé a quién recurrir.
Cuestión que Joaco, la única familia que tengo en la city porteña, se me va a Nueva Zelanda por 6 meses, y temo que me voy a aburrir como un hongo.
Bon voyage, bro.














